¿Por qué construir es la mejor manera de acercar la tecnología a los chicos?

¿Por qué construir es la mejor manera de acercar la tecnología a los chicos?

Por Lautaro Rojas. Fundador y Director de Escuela Prodigy – Institución educativa tecnológica para niños y jóvenes con presencia en 6 ciudades del Alto Valle.

Durante siglos, cuando cada paso del ser humano era un despertar de incertidumbre, aprendimos de una sola manera: observando, probando y registrando sucesos. Leonardo Da Vinci llevaba una libreta y realizaba sus bocetos mientras estudiaba anatomía; Cristóbal Colón documentaba sus viajes y descubrimientos; Charles Darwin volcaba en sus diarios todo aquello que entendía de la naturaleza. Así se fue construyendo gran parte del conocimiento humano: con curiosidad, experiencia, prueba, error y análisis. Pero ¿es ese el orden con el que hoy enseñamos a nuestros niños? Definitivamente no.

Estamos frente a uno de los avances más acelerados de nuestra civilización: el de la tecnología. Y justamente por su velocidad y complejidad, también nos obliga a revisar cómo enseñamos. Tal vez allí exista una puerta de entrada para una educación más horizontal, conectada entre materias y mucho más apoyada en la práctica que en la teoría aislada.

Cada año son más las instituciones que incorporan en sus aulas enfoques como STEAM, un modelo pedagógico donde ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas se combinan en proyectos concretos para fomentar el pensamiento crítico, la creatividad y la colaboración, preparando a los estudiantes para el mundo real. Esto último estimula la receptividad de los chicos a la hora de aprender, ya que no tienen el modelo mental de imposición que genera el aula tradicional. Cuando el aprendizaje ocurre mediante proyectos, los chicos se involucran más; y si además hay un docente capaz de hacer las preguntas correctas para guiar ese proceso sin dar respuestas, el valor de una sola clase puede multiplicarse.

Como director de un instituto tecnológico, y después de más de dos años y medio enseñando robótica a cientos de chicos, he visto una y otra vez la efectividad de explicar un concepto tecnológico complejo dentro de algo real. No es lo mismo hablar en abstracto sobre la lógica de programación de un semáforo que ver a un estudiante cargar ese código en una placa controladora conectada a una pequeña réplica con luces del tamaño de un encendedor. De pronto, lo que parecía lejano se vuelve visible, y de esa manera como profesor, evito varias clases tratando de hacer entender esa lógica con un pizarrón y marcador. Entienden, además, que el semáforo en el que esperaron una cuadra antes de llegar al instituto no está tan lejos de su capacidad de comprenderlo y, eventualmente, construirlo.

En este ejemplo vemos cómo una sola área tecnológica del espectro STEAM es integrada al proyecto, pero al diseñar su soporte entran en juego los cálculos matemáticos, la física para pensar la resistencia y el comportamiento de los materiales, y también el arte, porque los chicos siempre buscan personalizar lo que construyen y darle una identidad propia. Les aseguro que, en una actividad así, afianzan más conceptos que estudiando cada área por separado.

Vayamos a la definición de tecnología según la RAE: “Conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico”. La propia definición ya contiene una idea incómoda para la escuela tradicional: el conocimiento no alcanza con poseerlo, hay que poder aplicarlo.

Cuando una persona posee ciertas habilidades tecnológicas como impresión 3D, electrónica o programación, cualquier idea se puede convertir en un proyecto, incluso escalable comercialmente. Tenemos el ejemplo de Juan Cereigido, un maker, un hacedor, que con prácticamente las mismas tecnologías que usamos en nuestras formaciones y sumando IA, logró fabricar un dispositivo que sirve de acompañante para adultos mayores: pueden hablarle, dictar y enviar mensajes, fijar recordatorios, entre otras cosas. Podemos entender la tecnología como capacidad de transformar ideas en soluciones concretas.

Cabe preguntarse si una institución educativa puede enseñar todo lo que una persona necesitará para crear aquello que imagina, sobre todo en un contexto donde tecnologías como la inteligencia artificial avanzan a un ritmo vertiginoso. Tal vez el desafío no sea abarcarlo todo, sino orientar el modelo educativo hacia algo más valioso: enseñar a aprender, asegurar una base tecnológica indispensable y permitir que cada individuo recorra sus propias inquietudes intelectuales. El camino exige más esfuerzo, sí, pero también puede ser mucho más provechoso. Porque la tecnología, en el fondo, se aprende mejor de ese modo: buscando las soluciones necesarias para que algo real haga todo aquello que existió en la mente. De eso se trata la cultura maker.

Entre tantos estímulos, el problema no siempre es que los chicos elijan sumergirse en la virtualidad, sino que muchas veces tampoco les ofrecemos experiencias capaces de despertar un deseo genuino de conocimiento. Aprender, entonces, empieza a parecer aburrido, y en eso influye mucho la manera en que se enseña. Con educación tecnológica buscamos combatir la pasividad tecnológica. No alcanza con formar jóvenes que sepan usar dispositivos; necesitamos formar personas que quieran comprenderlos, cuestionarlos y, eventualmente, crear con ellos.

En su momento, dos jóvenes con ganas de hacer y sin grandes recursos comenzaron en el garaje de una casa un proyecto que terminaría convirtiéndose en una de las empresas más valiosas del mundo: Apple. A veces parece que crear se volvió demasiado complejo, como si hiciera falta una base inalcanzable de conocimientos para empezar. Pero ya no es tan así. La inteligencia artificial e internet han democratizado buena parte del acceso al conocimiento. Por eso, más que nunca, necesitamos que los chicos creen con tecnología, la usen de forma activa y se sientan capaces de llevar sus ideas a la realidad. Quién sabe si, en ese proceso, no estamos formando a quienes mañana generen valor, impulsen innovación y vuelvan a transformar nuestro país.