El fin de la economía de las excusas

El fin de la economía de las excusas

Por Sebastián Soneyra (*).

La política económica impulsada por el presidente Javier Milei está produciendo uno de los cambios más profundos en el funcionamiento de la economía argentina desde comienzos de los años noventa. La apertura gradual de importaciones, la eliminación de múltiples regulaciones y burocracias, y la progresiva normalización del mercado cambiario tras años de controles están redefiniendo el terreno competitivo para las empresas locales. A esto se suma una rápida desaceleración de la inflación: después de haber superado el 200% anual en 2023, los indicadores comenzaron a mostrar una marcada moderación durante 2024 y 2025.

En paralelo, el país registró una mejora significativa en el Índice de Libertad Económica elaborado por The Heritage Foundation, pasando del puesto 124 al 106 a nivel global y elevando su puntaje a 57,4, uno de los mayores avances recientes entre las economías evaluadas. En términos institucionales, el mensaje es claro: Argentina intenta abandonar el régimen de distorsiones que durante décadas condicionó el funcionamiento de su economía.

Sin embargo, los cambios macroeconómicos no solo redefinen la política económica; también alteran profundamente la forma en que operan las empresas. Durante más de dos décadas, gran parte del sector privado argentino funcionó en un entorno caracterizado por inflación crónica, controles cambiarios y barreras comerciales que, en la práctica, actuaban como un amortiguador frente a las ineficiencias productivas.

En ese contexto, la inflación permitía trasladar con relativa rapidez los aumentos de costos a precios; las distorsiones cambiarias generaban ganancias financieras extraordinarias; y el resultado por tenencia derivado de mantener altos niveles de inventarios funcionaba como cobertura frente a la volatilidad macroeconómica. Muchas decisiones empresariales no estaban orientadas a mejorar la productividad, sino simplemente a navegar un entorno económico imprevisible.

Ese modelo comienza ahora a desvanecerse. En un escenario de menor inflación, mayor estabilidad cambiaria y creciente competencia externa, varias de esas herramientas desaparecen o pierden relevancia. Lo que emerge con mayor claridad es algo que durante años permaneció parcialmente oculto: problemas estructurales de productividad, de competitividad y de organización empresarial.

Al mismo tiempo, la caída del consumo interno —consecuencia inevitable del proceso de estabilización— agrega presión sobre los márgenes y obliga a las empresas a competir en mercados más exigentes. De acuerdo con el Banco Central de la República Argentina, la morosidad del crédito al sector corporativo mostró un incremento relevante durante el último año, pasando de niveles cercanos al 0,7% a alrededor del 2% de la cartera de préstamos empresariales.

Como señalaba el profesor de Harvard Business School Michael Porter, “la esencia de la estrategia es elegir qué no hacer”. En el nuevo escenario argentino, esa frase adquiere una dimensión particularmente relevante. Muchas compañías deberán redefinir su posicionamiento estratégico y concentrarse en aquellas actividades donde realmente poseen ventajas competitivas sostenibles. La lógica de operar en múltiples negocios poco rentables —pero protegidos por barreras regulatorias o distorsiones macroeconómicas— se vuelve cada vez más difícil de justificar.

El desafío, sin embargo, no es solamente estratégico. También es cultural. Como advertía el pensador del management Peter Drucker, “la cultura se come a la estrategia en el desayuno”. Cambiar un modelo de negocios puede ser relativamente rápido en un documento de planificación; transformar hábitos organizacionales construidos durante décadas es mucho más complejo. Empresas acostumbradas a gestionar en entornos inflacionarios deben ahora aprender a competir en productividad, eficiencia operativa e innovación.

Algunos casos recientes ilustran la tensión entre el nuevo contexto macroeconómico y la estructura productiva heredada. Empresas como FATE, Lácteos Verónica o Electrolux han enfrentado en los últimos meses dificultades financieras y operativas en un escenario marcado por la caída del consumo, plantas operando por debajo de su capacidad, financiamiento más oneroso y una competencia creciente. Más allá de las particularidades de cada caso, todos reflejan el mismo fenómeno: procesos de reestructuración que durante años habían sido postergados comienzan ahora a volverse inevitables.

Las estadísticas también reflejan esa transición. Según datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo y de la Secretaría de Trabajo de la Nación Argentina, el número de empleadores con trabajadores registrados cayó de 512.357 en noviembre de 2023 a 490.419 en noviembre de 2025, lo que representa la desaparición de casi 22.000 empresas formales en un período de dos años. Más allá de las particularidades de cada sector, la cifra ilustra el proceso de ajuste y reconfiguración que atraviesa el entramado productivo argentino en el marco del nuevo escenario económico.

En este contexto, muchas compañías se ven obligadas a tomar decisiones difíciles: cerrar unidades de negocio poco rentables, rediseñar sus cadenas de valor, invertir en tecnología o profesionalizar sus equipos gerenciales. Revisar el plan estratégico ya no es un ejercicio académico; se ha convertido en una condición necesaria para sobrevivir en un mercado más abierto y competitivo.

Pero el interrogante de fondo va más allá del comportamiento de las empresas. La verdadera incógnita es si el entorno económico e institucional logrará acompañar este proceso de transformación. Ser más eficientes y productivos es una condición necesaria, pero no siempre suficiente para competir globalmente. Las empresas argentinas enfrentan costos logísticos elevados, una presión impositiva significativa y regulaciones laborales que, en muchos casos, encarecen la producción frente a competidores internacionales.

La pregunta que comienza a emerger en el mundo empresarial es inevitable. Si el nuevo modelo económico exige a las compañías locales competir con empresas asiáticas —donde el costo laboral obra y la carga impositiva suelen ser considerablemente menores—, ¿logrará el país construir las condiciones macroeconómicas e institucionales que permitan sostener esa competencia?

En última instancia, la transformación que hoy atraviesa la Argentina no es solamente macroeconómica. Es también empresarial. Durante décadas muchas compañías aprendieron a sobrevivir en una economía inestable y subsidiada; ahora deberán aprender a competir en una economía más abierta. La diferencia entre sobrevivir y competir puede parecer sutil, pero define el destino de los sistemas productivos.

Y allí aparece la pregunta más incómoda de todas: cuando desaparecen la inflación crónica, las protecciones y las distorsiones que durante años disimularon errores, ¿cuántas empresas están realmente preparadas para competir —y cuántas descubrirán tarde que el verdadero desafío recién comienza?

(*) Consultor y Asesor de empresas. MBA Oxford University, LL.M. UTDT. Profesor de la Maestría en Finanzas de la Universidad Di Tella y de la FCE de la Universidad Austral.