Por Sebastián Rizza, gerente de Métrica y socio del Estudio Rizza.
El costo de digitalizar marca un antes y un después. Pero hacerlo sin profesionalismo puede salir más caro que no hacerlo.
En la cuenca conviven hoy dos velocidades. Por un lado, operadoras y grandes proveedoras que ya toman decisiones con datos en tiempo real, miden cada proceso y ajustan sobre la marcha. Por el otro, una enorme cantidad de PyMEs que sostienen la actividad (las que proveen servicios, logística, mantenimiento, catering, transporte) y que todavía deciden buena parte de su operación a ojo, con la planilla de siempre y la experiencia del dueño por encima de los datos. Esa diferencia tiene un nombre económico concreto: brecha de productividad.
EL PUNTO DE NO RETORNO: EL COSTO COMO INVERSIÓN, NO COMO GASTO
Sabemos cuál es el primer reflejo cuando se habla de incorporar tecnología: el costo.
Licencias, equipos, capacitación, el tiempo del equipo puesto en aprender algo nuevo en lugar de producir. Es una preocupación legítima, sobre todo con márgenes ajustados. Pero conviene mirar el número desde otro lado. El costo real de una empresa no es lo que invierte en digitalizarse, es lo que pierde por no hacerlo: es el stock inmovilizado que nadie detectó a tiempo, la cotización que se presentó tarde, el cliente que eligió al proveedor que sí podía mostrar trazabilidad de sus procesos.
La incorporación de tecnología marca un antes y un después porque cambia la naturaleza de la empresa. Deja de reaccionar y empieza a anticipar. Y como todo cambio estructural, tiene un momento de entrada que asusta, pero cuyo retorno se puede medir. La pregunta correcta no es “cuánto me cuesta”, sino “cuánto me cuesta seguir sin hacerlo”.
EL MIEDO A “PERDER EL TRABAJO”: DESARMAR EL MITO
Hay un temor que rara vez se dice en voz alta pero que está en cada equipo cuando llega una herramienta nueva: el miedo a que la tecnología deje a la gente sin trabajo. Es entendible, y conviene abordarlo de frente en lugar de barrerlo bajo la alfombra.
La realidad de nuestra región lo desmiente rápido. Acá el problema no es que sobre gente; es que falta talento calificado y cuesta caro conseguirlo y retenerlo. En ese escenario, la tecnología no viene a reemplazar personas, viene a liberarlas de lo repetitivo (la carga manual, la conciliación interminable, el reporte que se arma a mano cada lunes) para destinarlas a lo que realmente agrega valor y ninguna máquina hace: interpretar, negociar, decidir. La empresa que le explica esto a su equipo, en lugar de imponer la herramienta sin más, no solo baja la resistencia: convierte a su gente en la que mejor aprovecha la inversión.
EL RIESGO DE DIGITALIZAR SIN PROFESIONALISMO
Ahora bien, hay una advertencia que no podemos dejar pasar, y es quizás la más importante para el lector que ya se decidió a dar el paso. Digitalizarse mal puede salir más caro que no digitalizarse.
Cuando una empresa carga años de información en la nube, conecta sistemas y automatiza procesos sin un criterio profesional detrás, abre puertas que después no sabe cerrar. Brechas informáticas por las que se filtran datos de clientes y proveedores. Ausencia de auditorías internas que permitan saber quién accede a qué. Información sensible (costos, márgenes, contratos con operadoras) expuesta sin que nadie lo advierta hasta que es tarde. Automatizar sin gobierno de datos es dejar la puerta de la empresa con la llave puesta.
La tecnología, sin un marco de control, no reduce el riesgo: lo multiplica y lo vuelve invisible. Por eso la incorporación de herramientas tiene que venir acompañada de reglas claras: quién es dueño de cada dato, quién lo puede ver, cada cuánto se revisa. Es exactamente el mismo principio de control interno que aplicamos en la gestión contable de toda la vida, trasladado al mundo digital. No es un tecnicismo: es lo que separa una ventaja competitiva de un pasivo latente.
COMPETITIVIDAD Y PRESIÓN TRIBUTARIA: REPENSAR EL GOBIERNO CORPORATIVO
Hay un motivo de fondo, muy argentino, por el que este debate ya no admite postergaciones. Operamos con una carga tributaria alta, costos financieros exigentes y márgenes que no perdonan errores. En ese contexto, la eficiencia dejó de ser un lujo de las empresas grandes para convertirse en condición de supervivencia de las chicas. Y la eficiencia, hoy, se construye sobre datos. Tener la información ordenada, confiable y disponible rápido es lo que permite decidir bien: cuándo comprar, a qué proveedor, qué contrato conviene, dónde se está perdiendo plata. Una empresa que tarda una semana en saber cómo cerró el mes está tomando decisiones sobre una foto vieja. La que lo sabe al día siguiente puede corregir a tiempo. Esa diferencia, sostenida en el año, es la que define quién resiste una temporada floja y quién no.
Por eso el paso siguiente no es solamente comprar una herramienta: es repensar el esquema de gobierno corporativo. Definir cómo circula la información dentro de la empresa, qué se mide, quién decide con qué dato. La tecnología es el instrumento; el orden es la decisión de gestión que la vuelve rentable.
LA DECISIÓN QUE NO SE PUEDE POSTERGAR
La brecha de productividad no se cierra sola, y en Vaca Muerta se ensancha rápido. La buena noticia es que profesionalizar la incorporación de tecnología está al alcance de una PyME hoy, sin las grandes inversiones que hacían falta hace unos años. La condición es hacerlo bien: entendiendo el costo como inversión, sumando al equipo en lugar de asustarlo, y con el control y las auditorías que protegen lo que más vale, que son tus datos.
El momento es ahora. Hacerlo con criterio es lo que va a separar a las empresas de la región que marquen el ritmo de las que se pasen los próximos años corriendo detrás.
