Por qué las Pyme pueden ser la solución a la decadencia argentina

Por qué las Pyme pueden ser la solución a la decadencia argentina

¿Cuándo fue que se jodió Argentina? Esto se podría preguntar parafrasean- do al escritor Mario Vargas Llosa, cam- biando Argentina por Perú, obviamente: tal la famosa primera frase de su novela Conversación en la Catedral. Si descu- brimos origen, podríamos encontrar la solución a la crisis de la Argentina que, a juzgar por los resultados de los polí- ticos que la gobernaron en las últimas décadas, parecería no tener arreglo. Veamos el problema central: la “estan- flación”, un combo criollo de inflación y recesión. Es un combo que a su vez tiene un origen, y no es precisamente una hamburguesa, sino el infinancia- ble gasto público, que siempre fue su- perior a sus posibilidades, pero que en los últimos 20 años creció, en cifras re- dondas, de 30 a 50 por ciento del PBI. Hoy el Estado se lleva la mitad de lo que producen los argentinos. Quedará para otro análisis meterse con qué ha hecho el estado con esa mitad del PBI en estos años en los que empeo- ró la educación, la salud y la seguridad y en los que el aumento de la pobreza es la protagonista. Hubo un momento, hace más 70 años, que el gobierno peronista de aquel en- tonces adaptó a la Argentina la “Carta del Lavoro”, una ley laboral impuesta en la Italia de Benito Mussolini en los años 20 que enarbolaba el principio de que debía ser bien costoso para el em- presario despedir a un empleado. Ade- más, se estableció que cada sindicato debía cerrar convenios por oficio, no importando si trabaja en una empresa grande, rica, pobre, chica, competitiva o con dificultades.

Ese principio rige aún hoy: no importa si el empleado trabaja en Techint o en el taller mecánico de la esquina: es meta- lúrgico. Punto. El otro principio es: si la empresa no puede satisfacer el acuer- do salarial al que llegaron los grandes players del mercado con sus respectivos sindicatos, mala suerte. Luego el peronismo y los sindicatos se encargaron de colonizar los tribunales laborales, de manera que la ley laboral siempre se aplicara en favor del em- pleado, tuviera o no tuviera razón. El resultado de este panorama es que las Pymes, que en cualquier lugar del mundo son el principal empleador, se fueran retirando de un mercado laboral en el que deberían ser las protagonis- tas, aunque aun hoy den el 70 por cien- to del empleo privado en Argentina. Resultado: la escasez de trabajo se re- suelve con empleo público improducti- vo o planes asistenciales.

“En los últimos 20 años el gasto público creció,
en cifras redondas, de 30 a 50 por ciento del
PBI. Hoy el Estado se lleva la mitad de lo que
producen los argentinos”.

Argentina pasó en una generación de 2 a 4 millones de empleados públicos con los sueldos más altos del mercado, mientras el trabajo en el sector privado, particularmente las Pymes, fue dismi- nuyendo al compás del costo de cargas sociales y sueldos que en muchos sec- tores solo pueden pagar las grandes empresas o el estado. A esto se suma que más de un tercio de los empleados del sector privado, par- ticularmente las Pymes, están total o parcialmente “en negro”: con la desfi- nanciación que eso conlleva del siste- ma previsional y el alto riesgo legal que implica para el empleador.

Resultado: para financiar empleados públicos, un sistema previsional que- brado al que muy pocos aportan, la carga impositiva sobre un sector priva- do cada vez más chico es cada vez más alta. Y como esto tampoco alcanza, se apela a la emisión espuria o el endeu- damiento o un mix de ambos. En un sistema inflacionario no hay moneda, no hay ahorro, y el sistema financiero es minúsculo. Lo poco que tienen los bancos se lo terminan prestando al Es- tado, de manera que las Pymes no ac- ceden al crédito, no quieren contratar y las matan a impuestos. El resultado es que Argentina tiene una de las tasas de inversión más bajas del mundo. Particularmente las Pymes, que preci- san más mano de obra y podrían ser la solución a ese círculo vicioso, son las menos dispuestas a invertir. Como se ve, llegamos al origen del problema: cuándo fue que se jodió Ar- gentina.

Y la solución está a la vista: el Estado tiene que dejar de ser el único empleador para establecer un derrote- ro de baja del gasto público. Pero para que las Pymes puedan reemplazar al Estado como empleador, necesitan una reforma laboral que les baje las cargas sociales, les quite el riesgo de indemni- zaciones impagables con un seguro de desempleo y las habilite a sostener pa- ritarias diferentes de las grandes em- presas. Eso permitiría ir sustituyendo el em- pleo público y el perverso sistema de planes sociales por empleo genuino y pasar el empleo en negro a blanco. Así se desarmarían los “combos maléficos” argentinos de déficit, inflación, falta de inversión, sistema financiero enano y recesión crónica.

El problema es que el argentino medio, que no entiende el problema, es esen- cialmente estatista y anticapitalista. Para poder explicárselo y que lo entien- da, las Pymes tienen que resolver antes otro problema: no cuentan con voz pro- pia. Todas sus presuntas representacio- nes políticas son sellos de goma creados por el propio sindicalismo y la política que fueron exitosas silenciándolas.

Y las grandes empresas, fuera de ocupar- se de su lobby, no hablan más allá de sus productos y servicios. Y aunque lo hicie- ran, no tienen credibilidad en la socie- dad argentina ni son apreciadas, como lo muestran claramente las encuestas. O sea: los argentinos aprecian a las Pymes, pero éstas no tienen voz, y las grandes carecen de credibilidad en la sociedad. Para que los políticos cambien y enca- ren la solución, las Pymes tendrían que ponerse los pantalones y transmitir su mensaje a la sociedad. Cuando la opi- nión pública esté al tanto, los políticos van a empezar a prestarles atención. Pero antes, las Pymes tienen que ha- cerse oír y recuperar su voz usurpada por la política.