La educación como estandarte

La educación como estandarte

Por Magdalena Marsó
Integrante de Padres Organizados Patagonia.
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A un año de la declaración del confinamiento producido por la pandemia, todavía existe un gran porcentaje de estudiantes que no han regresado a la escuela. Quienes lo han hecho en su gran mayoría tampoco acceden a una presencialidad completa, sino a la llamada “presencialidad alternada”. En el buzón de reclamos de PadresOrg Patagonia hemos recibido entre los principales reclamos los siguientes como los más destacados: paro docente, falta de mantenimiento de los edificios, falta de asignación de personal docente y no docente, falta de elementos de bioseguridad. Todo ello imprescindible para el funcionamiento escolar.
Ante ello los padres nos preguntamos:
¿Qué hicieron los Ministerios de Educación nacional y provinciales durante doce meses? ¿Cómo puede ser que después de un año sin presencialidad haya escuelas con estos reclamos? Pero esa quizás es la pregunta fácil, y su respuesta también lo es: desidia. No existe palabra que defina mejor lo que ha ocurrido aquí.

¿Quiénes son los responsables de dicha desidia? Nos guste o no, la respuesta es sistémica: tuya, mía, del gobierno, de los docentes, de los padres, de los colegios profesionales, de las defensorías, entre tantos más. Es imperante que reconozcamos que la educación es un tema que nos compete a todos los ciudadanos de este país. Porque cuando un estudiante no tiene clases afecta a todo el sistema educativo y por ende a la sociedad. Lo que no se mira no crece, no se desarrolla, no florece. Cuando se habla de los problemas de la educación en la Argentina, me pregunto: ¿cuántas veces como miembros de la sociedad hemos mirado a un costado?
Si bien hay sectores que vienen trabajando arduamente en post de una educación digna, pocos hemos acompañado (sepan que soy la primera en la fila en sentirme responsable por inacción).

Si todo ello ocurre es porque no estamos atentos, involucrados, haciéndonos cargo aunque sea con darnos cuenta de que en algún grado somos cómplices de la tragedia educativa; entonces no es difícil concluir cuál sería parte de la solución.
Que te importe, que me importe, que nos importe. Lo que sigue es saber que como ciudadanos tenemos el poder de cambiar lo que no funciona, ello requiere del esfuerzo de no naturalizar lo que está mal.
Hemos naturalizado que los docentes no tengan salarios acordes a su tarea, que las escuelas no estén en condiciones, que se demore el comienzo de clases.

La otra pregunta que quisiera compartir es: si no tomamos responsabilidad, ¿a dónde nos lleva esta realidad? Lamentablemente estaremos destinados a una mayor desigualdad, aumento de la pobreza, más enfermedades físicas y mentales, más familias disfuncionales, entre tantas consecuencias anunciadas por prestigiosos organismos de salud como Unicef y la Sociedad Argentina de Pediatría. La escuela es el gran ordenador social, no hay salud y economía posible sin poner a la educación como estandarte.

Hay algo más que hace falta para poder reconstruir la educación: volver a poner en valor el imprescindible “sentido común”. En base a ello nos preguntamos: ¿Cómo se explica que la gran mayoría de las actividades hayan regresado casi a su total normalidad, y sin embargo sea la escuela el lugar donde los protocolos se vuelven tanto más estrictos? ¿Cómo les explicamos a nuestros niños y niñas que en el parque pueden utilizar los juegos y en su jardín no? ¿Cómo les explicamos que en un restaurante podemos quitarnos el barbijo, pero en la escuela, sentados con 10 compañeros no pueden? Entre tantas otras diferencias, casi podrían tildarse como discriminatorias entre la escuela y los demás espacios.

La educación es una construcción social, y es ante todo una obligación constitucional del Estado. Tenemos el poder y el deber de reclamar por la educación de todos los N,N y A de la Argentina. No bajemos los brazos, depende de cada uno de nosotros dejarles a nuestros hijos una sociedad más justa y digna. Cada acción cuenta.