El nudo gordiano del gasto público

El nudo gordiano del gasto público

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Alejandro Poli Gonzalvo

El enorme peso del gasto público es el problema más grave del país y la causa principal de su decadencia. Los lectores quizás opinen que la pobreza, la deserción escolar o la desnutrición infantil son problemas más graves. Al igual que la crónica persistencia de altísimas tasas de inflación. Sin embargo, estos problemas no son la causa sino la consecuencia de tener niveles de gasto público incompatibles con la creación de riqueza y empleo de calidad. En esta línea, se suele decir que la prioridad macroeconómica es eliminar el déficit del presupuesto. Pero con esto no alcanzaNo se trata de conseguir el equilibrio presupuestario, ahogando al sector privado con una presión tributaria insostenible, sino de reducir el gasto público.

En 2015, el gasto público consolidado del Estado nacional, las provincias y los municipios representó el 45% del PBI, unos 17 puntos por encima del promedio histórico del país. En 2019, este número fue del 40,4% del PBI. Tales niveles de gasto público no son sustentables y solo su reducción a cifras cercanas al promedio histórico permitirán el crecimiento sostenido del país. El gasto público es el nudo gordiano que ata el país a la decadencia.

En el año 333 a. C., estando Alejandro Magno en camino para invadir el imperio persa, llegó a un templo en la ciudad de Gordio, en Asia Menor, en el que halló una carreta y su yugo atados a una columna por un nudo sumamente intrincado. Se decía que quien lo desatase conquistaría todo el Oriente. Sin pensarlo dos veces, sacó la espada y cortó el nudo de un tajo. Desde entonces, cortar el nudo gordiano significa resolver un problema de modo tajante y sin contemplaciones. ¿Es posible repetir esta experiencia en la sociedad argentina y cortar de raíz nuestro problema endémico de exceso de gasto público?

En su libro Una teoría de la democracia compleja, el pensador vasco Daniel Innerarity sostiene que, debido a la complejidad creciente de los problemas políticos, se requiere una democracia de negociación, con instituciones y hábitos que faciliten los acuerdos.

En la política actual, reflexiona, no es casual que los resultados sean tan parecidos a un empate: el pueblo soberano rara vez otorga a un solo partido la capacidad de hacer lo que quiera. Si se pretende alguna modificación significativa de las condiciones de nuestra convivencia, agrega, esa iniciativa no puede ser llevada a cabo por una mitad de la sociedad contra la otra, sino a través de acuerdos más amplios. La democracia no es el reino de los votos ni el reino de los vetos.

Cito un párrafo que parece escrito para la Argentina: “Desde el punto de vista de una democracia transformadora, los acuerdos son importantes porque no hay otro procedimiento para generar un cambio social profundo y duradero. La política democrática no puede producir cambios en la realidad social sin algún tipo de cesión mutua. Si los acuerdos son importantes, es porque los costes del no acuerdo son muy elevados, sobre todo en un mundo cuyos serios problemas van a peor cuando se los abandona a la inercia. Los desacuerdos son más conservadores que los acuerdos; cuanto más polarizada está una sociedad, menos capaz es de transformarse. Hoy nos podemos permitir menos que nunca la paralización porque los costes de retrasar las decisiones oportunas son muy elevados”.

Por su parte, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt estudian en su obra Cómo mueren las democracias cuatro parámetros que indican el riesgo de que una democracia caiga en manos del populismo y en su consecuencia directa, el autoritarismo. El primer parámetro es un rechazo o débil compromiso con las reglas democráticas y las instituciones republicanas. El segundo es negar la legitimidad de los adversarios. Los políticos autoritarios venden la visión de que sus contrincantes son antipatrióticos o bien constituyen una amenaza para las mayorías populares. El tercero es la tolerancia o el aliento de la violencia para intimidar a adversarios políticos. El cuarto parámetro es la predisposición a utilizar el poder para perseguir a aquellas personas, ya sean de la oposición, de los medios de comunicación o de la sociedad civil, que los critiquen. Cuando uno o más de estos parámetros están presentes, constituyen una barrera insalvable para una democracia de negociación.

Una conclusión surge de ambos libros: si administrar una democracia compleja requiere consensos, pero estos son imposibles con quienes no desean negociar y solo buscan acumular poder, ¿cómo se resuelve esta contradicción política esencial? En particular, si el problema es reducir el gasto público y sectores importantes de la política no aceptan discutirlo, ¿qué alternativa le queda a la sociedad argentina para lograrlo y salir del presente círculo vicioso de decadencia? Un líder nato como Alejandro Magno no hubiera dudado: siendo imposible desatar el nudo gordiano del gasto público por una democracia de negociación, lo cortaría de un tajo.

En la historia argentina ha existido un puñado de presidentes cuyo liderazgo permitió llevar adelante reformas profundas. Desprovistos de recursos y con obstáculos formidables, Mitre y Sarmiento establecieron en sus presidencias fundacionales el rumbo que llevaría a la Argentina hacia la prosperidad. Roca consolidó esos logros al completar la ocupación del desierto y la federalización de Buenos Aires. Roque Sáenz Peña inauguró una nueva era política con su ley de sufragio universal y secreto. Frondizi desarrolló la industria automotriz y logró en pocos años el autoabastecimiento petrolero. Alfonsín fue el padre de la democracia y llevó adelante el juicio a las juntas militares. Menem impulsó las privatizaciones y la derrota de la inflación. Todos tuvieron en común un liderazgo político capaz de producir transformaciones de fondo. Sin embargo, con el carisma no hubiera alcanzado: la clave de su éxito fue que supieron interpretar las demandas de la sociedad; era la sociedad la que había madurado y les permitió, y en cierta forma les exigió, que llevaran adelante sus reformas.

Por tanto, la reducción del gasto público requiere de la conjunción de un liderazgo político que interprete las demandas de cambio de la sociedad. Un ejemplo reciente lo prueba. Hacia fines del año pasado, los gremios de la educación se resistían a reabrir las escuelas: cuando las encuestas indicaron que más del 70% de la población lo apoyaba, la resistencia súbitamente desapareció.

¿Existe hoy una amplia mayoría de la sociedad dispuesta a avalar a un líder político para cortar el nudo gordiano del gasto público?

Luego de décadas de decadencia, la sociedad argentina está preparada en la medida en que el líder político sepa transmitir que el esfuerzo valdrá la pena, que no hay otro camino para recuperar la senda del progreso, personal y colectivo, y que reducir el gasto público es el prerrequisito indispensable para poner en marcha otras reformas que impulsen el desarrollo económico.

El lector pensará que un proyecto de este tipo no entusiasma y no tiene connotaciones de epopeya. Le respondería con palabras de Alberdi: “Ha pasado la época de los héroes; entramos hoy en la edad del buen sentido”. Nuestros hijos también dan su respuesta: porque no ven claro su futuro, se van del país. El dilema es de hierro: o cortamos el nudo gordiano del gasto público o seguiremos intentando por décadas desatarlo sin éxito.

(*) Publicado en el sitio LA NACION el 4 de diciembre de 2021